Del gobierno de los “NUNCA” al gobierno de los de siempre

 


Por: Steven Liévano

Abelardo de la Espriella aún no se ha posesionado como presidente de Colombia y ya comienzan a aparecer las primeras señales de lo que podría ser su gobierno. Para muchos ciudadanos que depositaron en él la esperanza de un cambio radical frente a la política tradicional, las decisiones conocidas hasta ahora generan más dudas que entusiasmo.

Durante la campaña, Abelardo de la Espriella repitió una frase que se convirtió en uno de los pilares de su discurso: el gobierno de los “NUNCA”. Prometió que llegaría acompañado de personas que nunca habían ocupado ministerios, nunca habían hecho parte de la vieja política y nunca habían vivido del Estado. Ese mensaje conectó con millones de colombianos cansados de ver siempre los mismos nombres rotando entre los principales cargos públicos.

Sin embargo, antes incluso de asumir la Presidencia, esa promesa parece desdibujarse. Los “NUNCA” terminaron siendo, en buena medida, los de siempre.

La conformación del gabinete ha despertado cuestionamientos. Rodrigo Lara acumula cerca de dos décadas en la política tras haber sido representante a la Cámara, senador y alcalde de Neiva. Miguel Gómez Martínez ha estado vinculado a la vida pública desde finales de los años noventa como congresista y embajador. Viviane Morales suma más de treinta años de trayectoria como constituyente, congresista, fiscal general y embajadora.

Mauricio Gómez Amín también hace parte de esa generación de políticos tradicionales, luego de haber sido edil, concejal, representante a la Cámara y senador. Elsa Noguera ha ocupado cargos como alcaldesa de Barranquilla, ministra y gobernadora del Atlántico. El general (r) Jorge Eduardo Mora llega con una amplia carrera militar de más de cuatro décadas, mientras que Omar Bula Escobar acumula más de veinte años en la diplomacia e Iván Cancino ha desarrollado una reconocida trayectoria en el ámbito jurídico durante más de dos décadas.

Aunque algunos nombramientos corresponden a perfiles más recientes, como el alcalde de Bucaramanga, Jaime Andrés Beltrán; el ambientalista Fabio Arjona; o Juliana Gutiérrez, quien tuvo una participación reciente como candidata al Senado por el movimiento Creemos, el mensaje general del gabinete dista de representar una verdadera renovación. Más que un equipo de ciudadanos ajenos al poder, se observa un gabinete conformado, en gran parte, por figuras con una larga trayectoria en la política y el Estado.

A ello se suma una percepción de desequilibrio regional. Buena parte de los nombramientos conocidos corresponden a dirigentes de la región Caribe, mientras otras zonas del país, como la Orinoquia, la Amazonía, el Pacífico y buena parte del centro del país, siguen sin una representación visible en las principales posiciones del Gobierno. Un gobierno nacional debería reflejar la diversidad de Colombia y no concentrar el poder en una sola región.

También generan interrogantes algunos nombramientos específicos. Abelardo de la Espriella designó como vocero de su gobierno a Miller Soto, quien fue destituido e inhabilitado por 15 años por la Procuraduría General de la Nación por hechos relacionados con su paso por el Concejo Distrital de Barranquilla. Según el ente de control, la sanción estuvo relacionada con irregularidades en el cobro, mediante acciones de tutela, de salarios y prestaciones sociales de personas que presuntamente nunca trabajaron en esa corporación. Pese a esos antecedentes disciplinarios, hoy será la voz oficial del nuevo gobierno.

Igualmente, fue designada Paola Holguín al frente del Ministerio de Cultura. Más allá de su reconocida trayectoria como exsenadora del Centro Democrático, el nombramiento ha generado interrogantes sobre su experiencia específica en el sector cultural, un aspecto que muchos consideran fundamental para dirigir esa cartera.

En el Congreso también empiezan a enviarse mensajes que contradicen el discurso de campaña. El respaldo a Alfredo Deluque para la Presidencia del Senado resulta difícil de entender para quienes escucharon durante meses una narrativa de lucha contra la política tradicional. Deluque ha sido un actor relevante del establecimiento y respaldó importantes reformas impulsadas por el gobierno de Gustavo Petro. Para muchos electores, apoyar esa candidatura representa una contradicción frente a las promesas de renovación.

También llama la atención el silencio frente a la muerte del joven colombiano Johan Sebastián Durán Guerrero, quien murió tras recibir disparos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Estados Unidos. Su familia no recibió un mensaje público de solidaridad o condolencias por parte de Abelardo de la Espriella, pese a que el joven era identificado por personas cercanas como uno de sus simpatizantes.

Ese silencio contrasta con la firme defensa que el hoy presidente electo ha hecho de las políticas migratorias de Estados Unidos. Muchos esperaban, al menos, un gesto de humanidad hacia una familia colombiana que hoy enfrenta una pérdida irreparable.

En materia de seguridad, el presidente electo ha anunciado que los grupos armados ilegales tendrán que someterse a la justicia o enfrentar toda la fuerza del Estado. Es un mensaje contundente que genera expectativas. Sin embargo, mientras se anuncian esas medidas, los asesinatos, secuestros y hechos de violencia continúan afectando distintas regiones del país. Será el tiempo el que permita evaluar si esas promesas se traducen en resultados.

Es cierto que Abelardo de la Espriella aún no ha asumido oficialmente la Presidencia y, por tanto, no es responsable de las decisiones que hoy adopta el gobierno saliente. Pero sí es plenamente responsable de las personas que ha decidido rodearlo y de las señales políticas que está enviando antes de iniciar su mandato.

Muchos colombianos votaron esperando un gobierno diferente, uno que rompiera con la vieja política y privilegiara el mérito sobre los acuerdos tradicionales. Hasta ahora, las primeras decisiones parecen mostrar un camino distinto.

La historia reciente demuestra que en Colombia las promesas de cambio suelen enfrentarse a la realidad del poder. La imagen del “Tigre” que prometía acabar con la politiquería comienza a ser evaluada por sus propios actos. Porque el verdadero cambio no se mide por los discursos de campaña, sino por las decisiones que se toman cuando se llega al poder. Si el gobierno de los “NUNCA” termina convertido en el gobierno de los de siempre, el desencanto podría llegar mucho antes de lo que muchos imaginaban.

Columna de opinión


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